1 de noviembre de 2012

Hay una carta para mí



Si tenéis un amigo que está lejos os recomiendo encarecidamente el correo tradicional.
Ya sé que es un engorro -gasto de tiempo, papel y dinero- y da mucha pereza, pero merece la pena. Creo que, al menos de vez en cuando, escribir una carta a mano no cuesta tanto. 
La ilusión es tremenda cuando abres el buzón y encuentras un sobrecito con tu nombre; me pasó esta mañana y, acto seguido, corrí a tirarme en la cama para leer lo que había dentro. Cómo me reí y cuánto me alegró el día ese pequeño detalle...
Además de cartas también recibo postales; tengo amigos tan viajeros que podría hacer un mural en la pared de mi habitación con todas las imágenes de otros países. Estos amigos con complejo de Wily Fog me dan mucha envidia sana pero, a la vez, me alegra enormemente saber que se han acordado de mí estando tan lejos.
A diario utilizo el correo electrónico, el Skype, las redes sociales y la mensajería instantánea, pero a pesar de los avances nunca dejarán de gustarme las cartas de toda la vida. A veces me gusta sentarme frente a un folio en blanco y empezar a contarle algo a alguien; lo que salga, sin poder borrarlo o corregirlo. Creo que cuando esa persona tiene ese trozo de papel en sus manos me siente un poco más cerca a pesar de los kilómetros.
Y, por supuesto, la sensación de revisar correos electrónicos antiguos no es -ni por asomo- la misma que cuando abres la cajita donde guardas las cartas; el olor a celulosa y tinta, el papel gastado, la decoración de los sobres, la caligrafía de ese chico especial...
Se acercan las Navidades, así que, si resulta que os he metido el gusanillo de la correspondencia tradicional, ya tenéis un buen motivo para ponerla en práctica...

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