25 de febrero de 2012

Visita turística a un cementerio



¿Te imaginas entrando en la oficina de información de un cementerio para pedir una guía con los nombres de las personas allí enterradas? Esto solo pasa en Père Lachaise, el cementerio más grande de París y uno de los más conocidos del mundo por ser lugar de descanso eterno de artistas de la talla de Jim Morrison u Oscar Wilde.

La primera vez que atravesé sus paredes me quedé petrificada (no literalmente, puesto que de ser así me hubiese quedado allí como una más de las cientos de estatuas que decoran las tumbas) por su tamaño. Las 40 hectáreas hacen necesaria la división por calles y áreas, lo cual facilita la visita de los turistas que acuden curiosos a fotografiar el trozo de losa bajo el cual descansan los restos del célebre Chopin o de la espléndida Edith Piaf. Si te adentras lo suficiente como para dejar de oír el ruido de los coches, te olvidas de que estás en la gran ciudad. Los mausoleos y monumentos funerarios te transportan a un mundo que, distando de ser terrorífico, es más bien de fantasía. Los cuervos sobrevuelan el grisáceo campo de lápidas dejando algún que otro graznido sobrecogedor en las cabezas de los transeúntes. Sin duda es mejor visitarlo cuando apenas hay turistas, la sensación es tan diferente...

La última vez que estuve allí parecía casi un parque temático de lo transitado que estaba. Un hombre me pidió ayuda porque no encontraba su propia tumba:
Yo: Señor, es muy caro ser enterrado aquí...
Señor: Da igual. Ya está pagado.
Yo: Si su apellido no aparece en la guía, no puedo ayudarle.
Señor: No, no está en esa lista, porque yo no soy artista... todavía.

Acto seguido se sentó a mi lado y hablamos un buen rato. Porque yo estaba sentada en un banco que hay al rededor de un gran monumento, uno de esos bancos donde la gente se sienta a leer, o a contemplar, o a charlar... Sí, en el cementerio.

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